sábado, 24 de agosto de 2013

10 SEMEJANZAS CON SUS DIFERENCIAS ENTRE EL MÉDICO DE FAMILIA Y EL PELUQUERO

Me gusta mucho el símil del peluquero y el médico de familia que enunció Sergio Minué en su espléndido blog “El Gerente de Mediado”, en relación principalmente a la longitudinalidad.

Yo cuando voy a la peluquería no puedo dejar de pensar en él, en su blog, y en ese post.

A mí también me suscita el evidente paralelismo algunas reflexiones:

   1. Ir a la peluquería es un rito. No se puede llegar y besar el santo. Lo propio es sentarse a leer unas revistas que nunca se tiene la oportunidad de leer, salvo que se visite con frecuencia al dentista. No me digan que no es curioso, por ejemplo, lo de las barberías y las Interviú. Juan Gérvas dejaba ejemplares de “El Jueves” en la sala de espera. No hay cosa que más me guste que dejar la puerta mínimamente entreabierta y escuchar espiando desde la consulta los comentarios que hacen los pacientes entre ellos de sus médicos, del Centro de Salud, del hospital, etc…

      2. Después de la espera, en la peluquería te pasan a lavar el pelo, lo que yo veo ridículo cuando se trata, al menos, de varones. Me parece una chorrada que me laven el pelo cuando ya lo traigo limpio, y al mismo tiempo no me parece adecuado ir con el pelo sucio para aprovechar el lavado. Imagina qué imagen puedes dar al llegar con ese pelo de los salientes de guardia. Yo soy el peluquero y me pongo guantes. Acepto el lavado, porque yo también propongo alguna actividad de detección oportunista cuando veo que se da el caso y está en el contexto, como por ejemplo una toma de presión arterial oportunista en un paciente obeso, fumador e hipercolesterolémico que viene por otra cosa, y que a veces acaba extrañado. 

   3. Hay un momento de debilidad muy importante que socava la intimidad personal en la peluquería, y es cuando durante el lavado de cabeza te meten la toalla a punta de dedo en ambos CAE para limpiarte los oídos y tú piensas que lo has pringado todo de cerumen. Me recuerda a cuando el paciente consulta por un síntoma en relación, y le anuncias que le vas a meter el dedo por el culo sin que él lo hubiera previsto. También le sobrevuela el miedo de que tenga el ojete con berretes o con algún resto de papel higiénico, lo que por cierto se suele dar con frecuencia, para qué vamos a engañarnos. Yo me consuelo pensando que lo mismo que a nosotros nos importa un pito que el ojete esté sucio o que la paciente no venga depilada y no reparamos en esos detalles, a la peluquera también le da igual que vengas derramando cerumen por los cuatro costados. Claro está, que la siguiente vez que vas al médico llevas calzonciños limpios por si acaso y la siguiente vez que vas a la pelu te llevas los conductos impolutos.

    4.  Como dice Borrell en uno de sus libros, siempre hay que darle al paciente la sensación de que él tiene algún tipo de control sobre algunos procesos de decisión. Esto es: ¿prefiere el ibuprofeno en sobres o en comprimidos?, que equivale a ¿te gusta así el agua o la prefieres más caliente?, para luego, en lo que de verdad importa imponer tu criterio, como prescribir el genérico en vez de la marca o que te corten el pelo como al peluquero le da la gana sin importar tus preferencias.

     5.  Antes de dar unos puntos el paciente está temeroso de si le va a doler o no. El médico siempre contesta que no, o que no mucho, pero luego le clava la aguja sin piedad. Igual hace el peluquero, que siempre te dice que cómo lo quieres, pero luego mete la tijera sin piedad y hace de su capa un sayo.

    6. Igual que no se puede hacer recordar al gordo que está gordo y que tiene que bajar peso cada vez que viene a la consulta venga o no venga a consultar algo en relación, y achacar cualquier síntoma al sobrepeso (disnea, gonalgia…); tampoco se puede recordar a cada visita al cliente lo calvo que está y ofrecerle un crecepelo en forma de fortificante cada vez que va a cortarse el pelo.

    7. Queda la duda de si el peluquero debe hablar con el cliente mientras dura el servicio. Debe ser jodido ser peluquero, porque hay gente a la que le encanta y gente que lo odia y descubrir el grupo al que pertenece cada uno no debe ser del todo fácil. En la consulta y en la peluquería, esas conversaciones del todo insustanciales suelen proporcionar algo de material blando muy útil para mejorar el servicio que se da a la población (resulta fundamental en Atención Primaria).

   8. Hay hombres con alopecias galopantes con los que por mucho que nos esmeremos conseguiremos únicamente objetivos discretos. Pasa también con muchos pacientes, sobre todo añosos y pluripatológicos, en los que el porcentaje de mejora es mínimo. Pero hay que intentarlo y sobre todo, tratarlos con mucho amol.

    9.  A los niños se les regala un chicle o un caramelo en la peluquería. En el Centro de Salud un palo.

  10. Tener un buen médico de cabecera y un peluquero ecuánime, sabio, actualizado, piadoso, afable, honrado y cerca de casa es una garantía. Te evitas muchos quebraderos de cabeza, mucho sufrimiento y te ahorras mucho dinero y muchos disgustos. 


sábado, 17 de agosto de 2013

BAD SCIENCE, DE BEN GOLDACRE


Grado de recomendación: A

Muchas cosas cambian en la mente después de leer Bad Science, de Ben Goldacre.

Hay muchas otras que probablemente ya las supieras si eras sanitario y si tenías algo de interés en los temas que conciernen y rodean a la profesión, pero remodularlas y ampliarlas tal y como el autor lo plantea es un ejercicio verdaderamente enriquecedor.

Personalmente, la enseñanza más sólida que he adquirido del libro es que los medios de comunicación son, en general, una basura.

Intentar discurrir por la vida como ciudadano con la información que te proporciona la TV, los periódicos y las radios (sobre todo algunos) es equivalente a querer ir tirando toda la vida de médico con la información que te proporciona la Industria Farmacéutica. El resultado puede ser desastroso.

No hay más que ver el tratamiento que dan los medios a temas en los que podamos considerar que sabemos algo. En mi caso el sanitario, en otros casos otras personas sabrán ampliamente de otros temas, bien por su profesión, bien por sus inclinaciones.

Cuando sale un tema en los medios de comunicación del que consideras que sabes algo, puedes comprobar cómo la verdad se va filtrando a duras penas por las grietas de la información, muy débilmente, y siempre con miles de matices, que dejan en entredicho la verdadera realidad. Lease el tratamiento en general de la privatización sanitaria en Madrid; solamente en contadas ocasiones se puede encontrar una voz nítida.

La intoxicación a la que nos someten los grandes grupos de comunicación pueden explicar muchas cosas que parecen inexplicables.

Por lo demás, Goldcare recorre a través de los capítulos las grandes magufadas británicas poniendo nombres y apellidos a los mercachifles que se lucran con la ignorancia y la desesperación del vulgo.

En otra parte, hace profundas reflexiones sobre el método científico, el empirismo, la Medicina Basada en la Evidencia, el efecto placebo, y lo que es la ciencia en general y para qué sirve.

Recoge el modo en que los medios de comunicación, los vendedores de humo y la Industria Farmacéutica usan de manera torticera la ciencia para poder justificar sus posiciones, con miles de ejemplos.

El libro transmite muy claramente la importancia de que si no el ciudadano, el sanitario, posea unas mínimas herramientas para poder discernir lo que es manipulación de lo que no. No es tan difícil poder llegar a ser crítico y detectar los abusos con unos mínimos conocimientos.

No hay dos bandos: el de la Industria Farmacéutica y todos los demás; si no cuatro: la Industria Farmacéutica, los magufos, los que saben lectura crítica y todos los demás que estamos abúlicos perdidos.

Cabe resaltar un par de historias en el libro que resultarán verdaderamente deliciosas para el curioso lector. Una es la concerniente al rechazo de la vacuna Triple Vírica, con el matrimonio Blair a la cabeza. Otra, que yo no conocía y que me ha dejado realmente impresionado es la del rechazo en Sudáfrica a la terapia antirretroviral (tratamiento del VIH) tras adherirse la autoridad sanitaria a la teoría negacionista, lo que costó cientos de miles de muertes y hordas de sufrimiento.

Un libro del que aprenderían mucho Miguel Jara, los del Proyecto Fresneda y los que llevan el twitter de Capio, entre otros.

El último comentario es para el autor, un psiquiatra de ni 40 tacos. Con todas las objeciones que se le quieran poner (similares a las que siempre se ponen a la gente que destaca en algún campo: que si lo hará por ego, que si lo hará también por dinero…): un héroe contemporáneo. Un tipo imprescindible.


sábado, 10 de agosto de 2013

DE AQUELLOS BARROS ESTOS LODOS.


Además de eso Pepe Martínez fue Secretario General de Sanidad (es decir, número dos del Ministerio de Sanidad) en los gobiernos de Zapatero.






 



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